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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.

EL AÑO DE LOS TIROS (III)

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LA VERDADERA HISTORIA DEL AÑO DE LOS TIROS (III)

La situación de los obreros de las minas

Foto: Grupo de obreros de las minas de Riotinto

            Como ya apuntamos en el primer capítulo, las razones de la manifestación del 4 de Febrero de 1888 fueron tres: los daños de los humos sobre la agricultura, especialmente en Zalamea la Real,  los problemas de contaminación y salud pública causados por esos humos y el malestar de los obreros por razones laborales.

            Conviene ahora entrar un tanto en profundidad en la situación en que se encontraban en aquellos años los mineros. Desde que los ingleses se habían hecho cargo de las minas de Riotinto, la producción aumento de forma considerable y ello trajo consigo un aumento desproporcionado de la población por la llegada de mano de obra procedente de otras provincias españolas y del sur de Portugal.

            Este aumento de población se registró especialmente en Nerva y Riotinto donde se crearon barrios mineros para atender al alojamiento de los nuevos obreros ( El Valle y el Alto de la Mesa nacen precisamente como poblados mineros). También ocurrió esto, aunque en mucha menor medida, en Zalamea y El Campillo (1), siendo la primera de estas poblaciones, debido a su distancia, la que tuvo una menor incidencia en su nivel de población aunque no por ello dejó de tener entre sus habitantes un número significativo de obreros ocupados en las minas. En Riotinto y Nerva  los mineros vivían hacinados y no era extraño encontrar a más de una familia alojada en la misma casa en condiciones de salubridad que dejaban mucho que desear.

            Por otra parte la Compañía mantenía una política de despidos muy rigurosa contra todos aquellos que demostraban una vida no acorde con sus gustos. Eran frecuentes en los poblados mineros los robos y peleas como consecuencia, en muchos casos, del consumo de alcohol. La compañía inglesa era intransigente con los infractores y generalmente a los despedidos se les expulsaba de las viviendas que ocupaban,  que  casi siempre eran propiedad de la empresa. Normalmente los despedidos solían marcharse si eran inmigrantes pero en otros casos permanecían en la zona vagando y viviendo de la caridad ajena.

            Los sueldos que recibían los obreros oscilaban entre los 15 y 21 reales al día; sueldos que en relación con los que se cobraban en el campo eran muy elevados (en el campo el salario medio por día era de 8 reales), sin embargo el trabajo en la mina era mucho más agotador y estaba sometido a un mayor riesgo de accidentes y enfermedades y cuando los humos impedían el trabajo en algún departamento no lo cobraban o recibían sólo la mitad. La empresa disponía de un servicio médico y farmacéutico para los mineros pero les descontaba una peseta semanal para contribuir al coste de este servicio.  

            Toda esta situación creo un enorme malestar de fondo entre la población de las minas, especialmente en los pueblos de Riotinto y Nerva. Y fue en estas circunstancias cuando llegó, en1883, Maximiliano Tornet, líder sindical de filiación anarquista que comenzó  a realizar actividades para movilizar a los trabajadores y exigir a la empresa cambios en su situación. Una vez que fueron descubiertas sus actividades sindicalistas fue despedido y pasó algunos meses en la cárcel pero puesto en libertad volvió de nuevo a Riotinto aunque no fue contratado de nuevo.

            Las exigencias de los mineros se fueron concretando en un aumento de sueldo, una reducción de la jornada laboral y la supresión de la peseta de contribución médica.

(1) En 1888, El Campillo era aún una aldea perteneciente a la jurisdicción de Zalamea la Real. Con la explotación de la minas registró un sensible aumento de población que le llevó a independizarse de Zalamea en 1931.

Manuel Domínguez Cornejo y   Antonio Domínguez Pérez de León

EL AÑO DE LOS TIROS (IV)

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LA VERDADERA HISTORIA DEL AÑO DE LOS TIROS (IV)

La situación política y los personajes

            Con el fin de facilitar la comprensión de los hechos es conveniente hacer una breve referencia a la situación política que se vivía en España en esa época.

            Después de la restauración de la monarquía  en la persona de Alfonso XII y una vez que fallece joven 1885, queda como regente su segunda esposa Mª Cristina de Habsburgo ya que su hijo, el futuro Alfonso XIII, tenía sólo 3 años de edad.

            El sistema político que se practicaba en España era el bipartidismo, ideado por Cánovas para la restauración en la que los líderes de los dos partidos principales se turnaban en el poder. En el momento que nos ocupa le correspondía gobernar al partido liberal, siendo presidente del gobierno Mateo Sagasti, tomando como ministro de la gobernación a José Luis Albareda.

            También creemos oportuno, antes de realizar la narración de los hechos, aclarar quienes eran los personajes que intervinieron en los sucesos para que cuando los mencionemos los lectores interesados puedan tener ya una referencia de ellos.

Hugo Mhateson: Presidente de la sociedad que compró las minas de Riotinto al gobierno de la I República en 1873 por casi 93 millones de pesetas: cantidad elevadísima para la época y que según algunos economistas salvó de la quiebra al estado español.

William Rich: Director de las minas de Río Tinto en Febrero de 1888. Los sucesos le cogieron casi desprevenidos porque acababa de llegar hacía apenas una semana. El dire3ctor interino hasta su llegada fue J. Osborne.

Maximiliano Tornet: Líder anarcosindicalista que llegó a las minas en 1883. Fue el principal responsable de las movilizaciones obreras de Enero y Febrero de 1888. (Por cierto, es el único personaje que aparece con su nombre real en la película "El Corazón de la Tierra")

José Lorenzo Serrano: Terrateniente zalameño de gran peso en influencia en la liga antihumista. Abogado y diputado provincial, comendador de la Orden de Carlos III y había sido alcalde de Zalamea en dos ocasiones. En 1888 tenía 71 años.

José María Ordóñez Rincón: Natural de Higuera de la Sierra, casado Mª de la Paz Lorenzo Serrano, hija de José Lorenzo Serrano. Abogado y diputado provincial. Era el presidente de la Liga Antihumista en 1888. Tenía 32 años en el momento de la manifestación.

Manuel Mora: Alcalde de Riotinto en aquel momento. Según algunos autores era empleado de la Compañía y estaba bajo su influencia.

José González: Industrial y propietario zalameño y alcalde de Zalamea en esa fecha.

Juan Antonio López: Abogado y secretario del juzgado de Zalamea. Según algunos testimonios fue uno de los principales instigadores de la manifestación de agricultores.

Agustín Bravo y Joven: Gobernador civil de la provincia de Huelva. Llegó a Riotinto el 4 de Febrero junto al regimiento de Pavía

Ulpiano Sánchez: Teniente coronel al mando de los soldados del regimiento de Pavía

Don Juan Talero: Natural de Córdoba, diputado nacional por el partido progresista, defendió ante el gobierno la postura de los pueblos. Falleció a los 28 años de edad pocos meses después de la manifestación.

Francisco Romero Robledo: Diputado conservador que interpeló duramente al gobierno por los sucesos del 4 de Febrero.

José Nogales: Periodista cuyas crónicas se opusieron a la versión oficial y que trató de aclarar los hechos de manera insistente.

Foto: José María Ordóñez Rincón. Presidente de la Liga Antihumos de Huelva

Manuel Domínguez Cornejo y Antonio Domínguez Pérez de León

LA VERDADERA HISTORIA DEL AÑO DE LOS TIROS (V)

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Preparando la manifestación.

Foto: Las teleras y los humos emanados por ellas aumentaron considerablemente en 1887

            Entremos de lleno en lo que fueron los preparativos de la manifestación y el ambiente que reinaba en las poblaciones de la Cuenca Minera en los días previos a ésta.

            Hoy se nos plantean unas cuestiones a las que estamos en condiciones de dar respuesta. ¿Fue realmente una manifestación espontánea fruto de la tensión que se vivía en los pueblos? ¿Quiénes las organizaron? ¿Qué ocurrió en los días previos a la manifestación?

            Sabemos que desde finales de Enero la situación era muy tensa en Zalamea la Real, pueblo eminentemente agrícola y ganadero desde donde actuaban lo principales dirigentes de la Liga Antihumos. Aquí, el día 24 de ese mes, un grupo numeroso de manifestantes se dirigieron al Ayuntamiento en protesta por negarse el de Riotinto y Nerva a prohibir las calcinaciones en sus términos y exigiendo a las autoridades municipales mediaran ante el gobierno de la nación.

            Por otro lado, en Riotinto, Maximiliano Tornet había conseguido promover una huelga que comenzó el miércoles 1 de Febrero. Esta huelga se extendió por todos los departamentos. Además de las reivindicaciones laborales pedían también la supresión de las calcinaciones. Hubo diversos conatos de manifestación en ese día pero la Guardia Civil, cuyo comandante no dejaba de pedir refuerzos, logró mantener el orden. El día 2, jueves, la huelga continúa en Riotinto, el paro es prácticamente total y se formaron piquetes que impedían trabajar a los obreros que deseaban hacerlo. Un grupo de mineros, probablemente encabezados por Tornet, se dirige a Zalamea y reclama a las autoridades de este pueblo se unan a sus propuestas. Es muy posible que en esa fecha se concretara el día y hora de la manifestación que tendría lugar el sábado. Puede resultar difícil de  entender que un líder anarquista se alíe con propietarios y terratenientes ideológicamente opuestos a él; pero las razones son bien sencillas, ambas partes se necesitaban mutuamente para logras sus fines: derrotar a la todopoderosa Compañía Inglesa.

            De esta manera se llega al día 3 de Febrero, viernes, en el que la tensión fue creciendo. Para depurar responsabilidades entre los instigadores de los conflictos se envió un juez especial para instruir diligencias. Sobre mediodía se produce una manifestación que sale del departamento norte. El teniente de la Guardia Civil intenta actuar de mediador y pide a los obreros que le entreguen una lista con sus peticiones que son rechazadas por el Director de las Minas que quiere evitar dar una imagen de debilidad. Sobre las 11 de la noche la tranquilidad parece que reina en Riotinto. Por el contrario, en Zalamea a esa hora existe una enorme agitación que obliga al Ayuntamiento a constituirse en sesión permanente a las 12 de la noche. Numerosos  vecinos recorren las calles gritando "Abajo los humos", "Viva la agricultura"y reclutando gentes para unirse al día siguiente a los obreros de Riotinto. El alcalde de Zalamea telegrafía al gobernador informándole de lo ocurrido y reclamando fuerzas para evitar conflictos. Hasta las 3 de la mañana no vuelve la calma a las calles de este pueblo.

            El día siguiente, sábado 4 de Febrero, por la mañana, parten dos manifestaciones de lugares distintos; una de mineros desde Nerva, con bandera blanca, encabezada por Tornet y a la que se le une gente de El Valle" y Alto de la Mesa, y otra de Zalamea la Real encabezada por Lorenzo Serrano, Ordóñez Rincón, el alcalde de Zalamea, José González Domínguez, y Juan Antonio López. Esta última lleva una bandera nacional y una banda de música que ameniza el recorrido y que prueba el carácter pacífico de la misma. Después de pasado el mediodía, sobre la una y media, ambas manifestaciones confluyen a la entrada de Riotinto donde grupos de personas las esperaban. La Guardia Civil les franquea el paso al comprobar que vienen pacíficamente.

            El alcalde de Riotinto envía un telegrama a las 1,33 al representante de la Compañía en Huelva diciéndole:

"...Habida manifestación de Nerva con bandera blanca. En este momento (1 y 20 minutos de la tarde) entra la de Zalamea con bandera nacional representada por el Ayuntamiento"

            A esa hora el gobernador; Agustín Bravo y Joven, se dirigía  ya a Riotinto acompañado de un destacamento de soldados del Regimiento de Pavía.

Manuel Domínguez Cornejo  Y Antonio Domínguez Pérez de León       

LA VERDADERA HISTORIA DEL AÑO DE LOS TIROS (VI)

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La manifestación

Foto:Imagen de la época en la que se aprecia una vista de la Plaza de la Constitución y de la calle que bajaba hasta ella tomada desde el balcón del Ayuntamiento.

                        En el capítulo anterior dejamos la manifestación formada por mineros y agricultores a la entrada del antiguo pueblo de Riotinto. Pues bien, previamente ambas partes se habían puesto de acuerdo en unir sus reivindicaciones y elegir una comisión que subiera al Ayuntamiento, en representación suya, a exponer sus demandas, que resumidamente eran las que siguen: 1ª. Que la Corporación municipal se reuniera en sesión extraordinaria, 2ª. La prohibición de las calcinaciones al aire libre. 3ª. Que el Ayuntamiento influyera sobre el Director de las Minas para que las peticiones de los obreros fueran atendidas (Supresión de la peseta de contribución médica, reducción a nueve horas del horario laboral y mejoras en las condiciones de trabajo). La Comisión constituida estaba formada por Maximiliano Tornet, José María Ordóñez Rincón, José Lorenzo Serrano, José González Domínguez y Juan Antonio López.

                        En un principio se acordó que el grueso de la manifestación permaneciera en El Valle hasta conocer el resultado de las gestiones de la comisión, pero lo cierto es que los manifestantes siguieron a ésta  y entraron en Riotinto, con la banda de música de Zalamea a la cabeza, y se situaron en la plaza de la Constitución frente al Ayuntamiento, donde les aguardaba otro número elevado de mineros. Serían aproximadamente las 2 del mediodía. Según algunos datos los manifestantes eran alrededor de 8.000 personas, otras fuentes apuntan a que superaban las 12.000, en cualquier caso era una manifestación bastante multitudinaria para la época. Algunas referencias nos dicen que en Zalamea sólo quedaron los enfermos o personas imposibilitadas físicamente. Entre los manifestantes había mujeres y niños de todas las edades, lo que constituye una prueba más del carácter pacífico de la manifestación.

                        La comisión referida subió a los altos del Ayuntamiento para pedir al alcalde de Riotinto, Don Manuel Mora, que se reuniera la corporación en sesión extraordinaria. Éste accedió pues conocía la inminente llegada del gobernador con la tropa; pretendiendo quizá ganar tiempo de esta manera. Éste les pidió a los miembros de la Comisión que esperasen fuera de la sala de Juntas. Entretanto, en la calle, la muchedumbre, animada por la banda de música, coreaba sus reivindicaciones de manera alegre y pacífica.

                        El alcalde y los concejales son presionados para que la sesión fuera pública con el fin de que los representantes de la manifestación pudieran asistir a ella, pero a través de un municipal se les comunicó que tuviesen paciencia, que el Ayuntamiento estaba ya deliberando.

                        Alrededor de las 3,30 llegó el gobernador, Sr. Bravo y Joven, junto al destacamento del regimiento de Pavía que procedió inmediatamente a situarse ante las puertas del Ayuntamiento. Las fuerzas del orden que hay ya en Riotinto son ya considerables: alrededor de varias decenas de Guardias Civiles, un escuadrón de caballería y el destacamento de soldados  que acababa de llegar. El gobernador y las fuerzas del orden fueron recibidos con "Vivas" y aplausos por los manifestantes que o bien creen ingenuamente  que su presencia va a contribuir a solucionar el asunto o bien quieren resaltar el sentido pacífico de la manifestación. El gobernador y el Teniente coronel suben a los altos del Ayuntamiento e inmediatamente recibe a la Comisión de Zalamea

            Es significativo un hecho que ocurre en estos momentos y es que los dos terratenientes, Lorenzo Serrano y Ordóñez,   abandonan el edificio y regresan a Zalamea. ¿Qué pudo ocurrir a la llegada de la máxima autoridad provincial para que estas dos personas decidieran ausentarse? Tiempo tendremos más adelante para analizar las razones. El gobernador, desde su llegada, adopta una actitud de fuerza  e intransigente, concluyendo que el Ayuntamiento no podía tomar el acuerdo de prohibir las calcinaciones, y que si lo tomaba él lo anularía inmediatamente, como ya lo había hecho antes con el de Alosno y ordenó a los miembros de la comisión que disolvieran inmediatamente la manifestación. Juan Antonio López discute con él sobre las razones  que había para prohibir las teleras y ante la imposibilidad de convencerlo le ruega salga al balcón y tranquilice a los manifestantes que ya habían comenzado a impacientarse ante la falta de noticias. El gobernador así lo hace pero de una manera taxativa y amenazante, increpando a los allí presentes para que regresen a sus casas. Después de él salió al balcón  el teniente coronel de ejército, Ulpiano Sánchez, que ordena a la muchedumbre  se disuelva, afirmando que si no es así se vería obligado a hacer uso de la fuerza. En ese momento los testimonios coinciden  en que hubo alguien que desde la acera izquierda de la plaza pronunció unas palabras confusas que algunos interpretaron como "nosotros también tenemos fuerza" o "nosotros también tenemos armas" y otros  que la palabra dicha era  "alma".

            El caso fue que, sin que haya podido aclararse quien dio directamente la orden, la caballería se retiró de la plaza, los soldados se echaron los fusiles a la cara y abrieron fuego contra los manifestantes.

            Eran aproximadamente las 4,30 de la tarde del sábado 4 de Febrero de 1888. La multitud huyó horrorizada tratando de encontrar una salida por las calles aledañas, arrasándolo todo y pisando a los que caían al suelo; algunos quisieron volver a buscar a familiares o amigos pero una carga con bayoneta se lo impidió. Al cabo de quince minutos la Plaza de la Constitución del pueblo de Minas de Riotinto estaba desierta. El suelo  quedó sembrado de muertos y heridos.

Manuel Domínguez Cornejo     y Antonio Domínguez Pérez de León

 

            .

LA VERDADERA HISTORIA DEL AÑO DE LOS TIROS (VII)

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El desenlace. Los culpables.

            Después de la carga a bayoneta calada, la plaza de la Constitución de Riotinto quedó en silencio. Sólo los gemidos de los que aún conservaban un halo de vida se oían entre los pasos de los soldados. Desde el balcón del Ayuntamiento algunos de los allí presentes quedaron profundamente impresionados con lo que acababan de contemplar.

            Maximiliano Tornet, el más experimentado de la comisión en estas lides, comprendió al instante sobre quienes recaerían las culpas de lo allí ocurrido y aprovechando los primeros momentos de desconcierto salió del Ayuntamiento y huyó de Riotinto. El alcalde de Zalamea, José González, y Juan Antonio López, el secretario del juzgado de este pueblo, los únicos miembros de la comisión que aún permanecían en la sala, recibieron del gobernador la orden de regresar a Zalamea y aguardar allí la decisión que sobre ellos se tomara; y así lo hicieron.

            Las fuerzas del orden impidieron que nadie se acercara a socorrer a los heridos y procedieron a detener a los que merodeaban por los alrededores. Ya oscurecido, los muertos que no habían sido reclamados por familiares fueron recogidos en carretas y enterrados entre las escombreras de la mina. Algunos manifestantes, los menos, encontraron refugio en casa de familiares o amigos del pueblo de Riotinto, los demás regresaron a sus pueblos de origen de manera desordenada y a campo a través por miedo a ser detenidos.

            Oficialmente sólo se reconocieron 13 muertos y 43 heridos; pero hoy resulta difícil creer en esa cifra por la manera en que se desarrollaron los hechos y porque ya algunas declaraciones públicas e intervenciones en la prensa de la época elevaban el número de muertos a más de 50 y el de heridos a un centenar. La tradición popular, que se trasmitió de padres a hijos, afirma que los muertos fueron más de 200. En Zalamea siempre se dijo que la mayor parte de los componentes de la banda de música cayeron en aquella plaza. Lo que ahora nos parece evidente es la magnitud desproporcionada del ataque de los soldados a los manifestantes y el énfasis con el que se ensañaron en disolver a los allí congregados. Algunos testimonios aseguran que se disparó por la espalda a los que huían y a los que habían caído al suelo. Desde luego la posterior carga con la bayoneta calada en los fusiles prueba la violencia con la que actuaron los soldados, aunque es justo decir que no todas las fuerzas del orden lo hicieron así. Se asegura que la guardia civil disparó al aire y que, en algunos momentos, se interpuso entre los soldados y la masa para evitar un mayor derramamiento de sangre.

            Después de todo esto cabe preguntarse quién o quienes fueron los culpables de esta tragedia. Los documentos que hoy manejamos reflejan que desde un primer momento se culpó a las autoridades de Zalamea por ser los principales responsables de haber organizado la manifestación, especialmente al alcalde, José González Domínguez, y a Juan Antonio López. Y así se pone de manifiesto en una carta que el juez auxiliar, Manuel Márquez, envía a D. José María Parejo, abogado de la compañía, en la que se señala directamente al mencionado Juan Antonio López y a Maximiliano Tornet. Se dio órdenes de arresto sobre el alcalde de Zalamea;  pero éste salió días antes en dirección a Madrid, donde se movió en círculos políticos buscando apoyo a su causa. Juan Antonio López fue interrogado sobre los hechos, aunque desconocemos si sufrió algún tipo de sanción. Maximiliano Tornet fue buscado por las autoridades, pero no dieron con él. Hay testimonios que aseguran haberlo visto el día siguiente en Zalamea, el único pueblo de la cuenca que mantenía cierta independencia del poder e influencia de la Compañía y donde pudo haber buscado refugio. Después se le perdió el rastro y de él nada más se supo.

            Con la perspectiva del tiempo, hoy podemos valorar los hechos con mayor objetividad y estamos convencidos que el principal responsable de lo ocurrido fue el gobernador, Sr. Bravo y Joven, que con su actitud extremadamente dura e intransigente provocó que aquella situación desembocara en tragedia. Recordemos que los hechos tuvieron lugar sobre las 4,30 de la tarde de principios de Febrero, cuando en aquel tiempo solo quedaban unas pocas horas de luz para terminar el día, y que toda aquella gente debería regresar a sus casas. Hubiese bastado un poco de paciencia y diálogo, y posiblemente los manifestantes hubieran regresado a sus pueblos tranquilamente.      Aún queda en el aire la duda de quién dio la orden de disparar. En círculos oficiales se afirmó que los soldados habían actuado por propia iniciativa ante una supuesta agresión por parte de los manifestantes; pero cuesta creer que se produjera de ese modo por la forma organizada en que se retiró la caballería de la plaza y la manera en la que los soldados realizaron las repetidas descargas  de fuego y la carga con bayoneta. Hubo quien aseguró que se hizo una señal, previamente convenida entre el gobernador, el teniente coronel y los oficiales, para ordenar la carga de los soldados (según algunos, el gobernador se quitó el sombrero y con un pañuelo blanco se secó el sudor de la frente). Nunca se pudo aclarar tal circunstancia; pero el caso fue que la tropa  de la compañía, no los oficiales, fue arrestada en su cuartel durante bastantes años, con lo que  los nuevos reemplazos se encontraron con un arresto por un suceso en el que ellos no habían participado y del que, algunos, ni siquieran habían oído hablar.

            Se investigó la actuación del gobernador, pero finalmente quedó libre de culpa. Meses después fue sustituido en el cargo y trasladado.

             Los terratenientes Lorenzo Serrano y Ordóñez Rincón jamás fueron molestados.

Manuel Domínguez Cornejo y Antonio Domínguez Pérez de León

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